martes, 2 de febrero de 2016

La fiesta



Las mujeres y los hombres somos capaces de adquirir hábitos. De una manera didáctica se suele hablar de hábitos buenos y malos. Por eso, hay que recordar que los hábitos son necesarios para aprender a vivir. Es un aprendizaje apasionante que desplaza al instinto.

Sabido es que cuando hablamos exteriorizamos nuestra intimidad. A veces, es preciso decir algunas palabras en un tono más fuerte. En el discurso musical ocurre lo mismo y nadie se molesta por ello. La acción manifiesta nuestra intimidad y en el diálogo reafirmamos nuestra condición de seres humanos. Los antiguos hablaron de la necesidad de convivir, de fomentar la amistad. Cicerón la expresa magistralmente, cuando nos dice que es muy dulce tener con quien nos atrevamos a hablar como con nosotros mismos.

En nuestros días la fiesta es, sin duda, el sitio donde podemos exteriorizar nuestra intimidad. Por eso, los anfitriones –los dueños de casa- deben tener siempre en cuenta a quiénes invitan porque una fiesta descubre el sentido profundo de la vida de relación.

La fiesta produce una magia y la magia es la diversión. Es cuando los invitados se vierten hacia afuera y cuando lo hábitos buenos convierten todo en un entretenimiento en el cual actores y espectadores manifiestan lo que sienten.

Cuando utilizo la palabra fiesta, no imaginen los lectores una reunión de señoras elegantes y caballeros apuestos.  La fiesta se da en la intimidad de un hogar, cuando marido y mujer, conversan en la sobremesa y los niños se han ido a dormir. Los dos sueñan sin pensarlo y recuerdan tantos momentos de su amor.


Por otra parte, está la fiesta de un grupo de personas que celebra algo. Cada fiesta tiene un motivo y es muy diferente de la simple diversión. Es el momento de pensar en los bienes espirituales y cuando los invitados se embellecen con ellos. Pienso en las pasadas fiestas navideñas cuando todos deseamos entrar en relación y participar de un bien sin saberlo. Ese bien es la felicidad.

Hemos pasado ya Navidad, Año Nuevo y Reyes. En esos días deseamos un bien a quienes felicitábamos. Existía un motivo para celebrar y no hubo una simulación de la alegría. Los motivos eran altos en la vida misma que llega, que pasa.

No volvamos la mirada a los cumpleaños infantiles sino a las celebraciones que no pueden ser tristes ni grises. Me parece que debemos aprender de los niños a jugar. Lo necesitamos las mujeres y los hombres porque aliviamos así nuestra ansiedad. Por eso podemos reencantar con la fiesta que produce un plato sencillo hecho con cariño, la sonrisa a quien llega cansado de trabajar o la ayuda espontánea en el hogar. 
 

Roberto Cava De Feo

Para CAMBIO