domingo, 6 de septiembre de 2015

La patata, comida que no mata



La sabiduría popular ha sabido acuñar a lo largo de los siglos unas sentencias espléndidas.  Por eso inicio este artículo con un título sencillo para comentar la atención que precisamos brindar a las personas cuando de agasajos culinarios se trata.

Hace muchos años si una persona era invitada a un almuerzo o a una cena en casa privada o en una institución, y tenía alguna restricción alimentaria, se veía en la necesidad de excusar su asistencia porque se consideraba “enferma”. El tiempo ha pasado y, en la actualidad es posible brindar todo aquello que le permita disfrutar de un agasajo pero sin el mote “enfermo”.

El sentido común no puede estar ausente y, por eso, aquellos invitados que guardan una dieta alimenticia deben comunicarlo con anticipación suficiente. Hay agasajos en los cuales los servicios de catering no pueden satisfacer las  necesidades presentadas a última hora. La razón es evidente. Los alimentos son elaborados  en un sitio y trasladados después.  No hay que olvidar que una boda con trescientos invitados es diferente al agasajo sencillo de unos chicos jóvenes donde nos uniremos a unas veinte personas más arropándolos con todo nuestro cariño.

Los que nos dedicamos al Protocolo podemos hacer cosas imposibles en nuestros ámbitos más diversos. Sin embargo, cuando de alimentos se trata nos rendimos y reconocemos que existen personas capaces de dar sabor de faisán a un humilde pollo. Cuestiones profesionales son y cada uno en su sitio.

Tempo atrás tuve ocasión de observar unos dibujos en una revista norteamericana. Aparecía un matrimonio sentados en el living de la casa.  A sus espaldas  se veían unas baldas con fuentes de comida vacías. Sólo quedaban en pie unos  cartelitos indicadores del contenido consumido. Eran más o menos estos: “vegetarianos”, “koscher”, “sin sal”, “sin colesterol”, “celíacos”, mientras marido y mujer exclamaban al unísono: “Qué fácil era antes recibir en casa”. Esos esposos habían puesto todo de su parte para agasajar a sus invitados.

Existen personas que, por diversos motivos, deben observar unas dietas alimenticias determinadas. Ellas deben ser tenidas en cuenta y, en el momento de llevarlas a la prácticas no podemos considerar  que existen “invitados de primera” e “invitados de segunda categoría”. Si los agasajos son en una casa  habrá que acudir al ejemplo del matrimonio norteamericano. Allí se optó por el sistema “buffet”. En cambio, cuando es preciso ubicar a los comensales en mesas,  podremos satisfacer a todos si contamos con la garantía previa de un servicio de catering de probada eficiencia.

La boda de los Príncipes de Asturias fue para mí un dechado de lo que se debe hacer cuando coinciden personas con dietas especiales. Es verdad que los sistemas tecnológicos contemporáneos brindan una asistencia impagable. Sin embargo, no desearía estar en el cuerpo de quien ordene  el servicio a las mesas con viandas aparentemente iguales pero que no lo son en realidad. Sé que en aquella oportunidad se ofrecieron platos exquisitos para todos y que un vegetariano tuvo lo suyo con la misma entidad que los demás.

Además de lo que podríamos denominar dietas clásicas, están también  y con el debido respeto, las de las personas “caprichosas”. Recuerdo que una vez en clase una persona expresó que ella no comía pollo y preguntó si podía informarlo en el momento de confirmar su asistencia a una boda. Bueno, caprichosa es la persona que satisface sus deseos sin importar si afecta o incomoda a los demás.

A lo mejor lo del pollo podría ser un “trauma de la niñez” o simplemente lo que lleva a no ingerir determinado alimento porque recuerda algo, como en la espléndida película “Año bisiesto” (“Leap year”). Allí la protagonista siente impresión ante el pollo después de haber visto cómo se lo sacrificó de una manera casera. Los caprichos están reñidos con nuestra disciplina. El consejo viene de lejos: “Cuando fueres a la boda, deja puesta la olla”.

Roberto Sebastián Cava