lunes, 18 de mayo de 2015

Delia Rigal. El recuerdo de una grande del canto

En el invierno de 1988, deseoso por  mis estudios musicales, tuve ocasión de participar en un curso sobre ópera en el Teatro Colón de Buenos Aires. A lo largo de un mes, con sesiones diarias, escuché las enseñanzas de una grande del canto lírico. Era ella Delia Rigal, la soprano argentina que había debutado en su escenario el 20 de junio de 1942.
Buenos Aires, 1920 - Nueva York, 2010
Fueron las suyas lecciones llenas de vida. Cada mañana el encuentro con Delia se fue haciendo más entrañable. El tiempo pasó rápidamente, como pasa el viento en la inmensa pampa argentina. Habíamos compartido tantos momentos y llegábamos a  la última clase. 

Fue en el Salón Dorado del Colón, con un público numeroso. Los que habíamos participado en el curso, cantantes y no cantantes,  subimos al estrado. Todos cantamos junto a Delia Rigal una parte de la ópera “Aurora” de Panizza. Después, los que habían asistido a las clases tuvieron ocasión de cantar las obras estudiadas durante el curso.
 
La vida de Delia Rigal, fallecida el 8 de mayo de 2010 en la ciudad Nueva York, es verdaderamente apasionante. Había nacido en Buenos Aires en 1920 y recibió en el hogar paterno  todo un gran bagaje de cultura musical. Allí creció enamorándose de la ópera. Los padres se prodigaron en la educación de la hija y la enviaron a un colegio llevado por religiosas. Un día, la niña, muy emprendedora y vestida con el uniforme de clases, se presentó en los estudios de una radio cercana a su casa. Escuchó que le decían: “Piba, ¿qué querés?” (“Niña, qué deseas?”) La respuesta fue rápida: “Quiero cantar”. Le preguntaron qué sabía y sin pensarlo mucho, mencionó dos obras. “Empezá”, (“comienza”) le dijeron. “Nosotros te seguiremos con el acompañamiento”.

Muy pronto le  surgió un ofrecimiento. Una señora deseaba llevarla en una gira por provincias del interior de Argentina. Cuando se enteraron los padres, no hubo viajes pero la animaron con cariño. Debía formarse muy bien con los estudios del colegio, la música, el piano y los idiomas.

Más adelante, Delia ingresó a la entonces “Escuela de Opera y canto” del  Teatro Colón de Buenos Aires. Había estudiado antes con la legendaria soprano Rosalina Crocco. En adelante, la discípula tendría nuevos maestros.  En 1941, audicionó frente al compositor y director de orquesta Héctor Panizza y a otro compositor y director del Teatro Colón, el Maestro Athos Palma. Delia cantó en el escenario del antiguo teatro Politeama.  Los músicos se estremecieron al escucharla en el “Ritorna vincitor”, de “Aída”.  No dudaron en animarla todavía más a seguir adelante. De labios del maestro Panizza escuchó una premonición: “El próximo año, vas a cantar en el Colón”. Lo hizo efectivamente, el 20 de junio de 1942. Delia tenía 21 años. Era la misma niña que se había acercado a la radio para cantar. Ahora como María de “Simón Bocanegra”, obtuvo un éxito impresionante, metida de lleno en su  personaje. Leonard Warren cantó a su lado.

Después y en la misma década del cuarenta, Violetta Valèry de “La Traviata” y los de Aida, Floria, Elisabetta o Aurora, fueron algunos de los personajes que encarnó en el Colón. También las óperas de Mozart y de otros compositores, mostraron enseguida la gran ductilidad de Delia Rigal para interpretar a cada una de las heroínas. Cantó junto a Beniamino  Gigli, José Soler, Mario del Mónaco, Leonard Warren, Mario Landi.  Tuve ocasión de escuchar la  grabación de una “Traviata” memorable. En su segundo acto, después del desgarrador “Addio”, Gigli fue a buscar a Delia entre bastidores para que recibiera el aplauso del público, diciéndole ”Viene, piccina”.

Con el paso de los años, en 1950, debutó en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en “Don Carlo” de Verdi. En ese escenario cantó en innumerables temporadas. Eran tiempos cuando las trasmisiones radiales llegaban con gran nitidez hasta el Río de la Plata. Brindaron así la ocasión de escuchar a Delia. El Teatro alla Scala de Milán, la Opera de París, La Habana, el Municipal de Chile, el Solís de Montevideo, fueron otros de los escenarios en los cuales cantó. En 1957 se retiró para residir en la ciudad de Nueva York, junto a su familia.

A Delia Rigal le fascinaban los personajes fuertes de la ópera. Sin embargo, en dos oportunidades encarnó a Mimí de “La Bohème”, de Puccini. Ella conocía muy bien la partitura aunque no la había cantado en público. En el Teatro Municipal de Santiago de Chile y en el de La Habana, ante la enfermedad de otra soprano y de la noche a la mañana, encarnó maravillosamente bien  un personaje que no era de su agrado.

Con mucha pena  debo reconocer que existen pocos registros sonoros de Delia Rigal. No había en sus años los actuales medios técnicos. Las versiones  grabadas y conservadas son el fiel testimonio de la grandeza de una artista cabal.

Al principio de esta nota hice mención a uno de los cursos que Delia Rigal ofreció en el Teatro Colón. En una clase ella comentó el último acto de “La Traviata”, de Verdi. Nos llegaron muy hondo sus palabras. Cundo mencionó aquello de “cerca poscia le mie lettere”, se transformó. Era la misma esperanza anidada en el corazón de Violetta, ansiosa por recibir noticias de Alfredo Germont. Annina, su fiel servidora, debía ir hasta la estafeta postal para recoger la correspondencia recibida. Fue una sabia interpretación desconocida por algunos directores de escena.

Una “prima donna” nos desveló los secretos de la voz humana y del canto.  Lo hizo con sinceridad y profundo conocimiento. Recuerdo que un día, ante el aria que no captaba bien un discípulo, se abajó para decirle didácticamente: “No es un vals, pero piense que es un vals y saldrá”. Otro día, ante  un insulzo “O mio babbino caro”, interrumpió el canto y pidió que apareciera la picardía en la voz de Lauretta. También cortó un “Voi lo sapete, oh mamma”, de Cavalleria. Se reconcentró y dijo a la cantante: “¿Has estado alguna vez enamorada? ¿Sabes lo que significa la infidelidad de un hombre? Quiero que lo pienses y, en la próxima sesión la vuelvas  a cantar”.

Delia era dueña de un excelente buen humor dentro de las sesiones y fuera de las mismas. 
Tuve ocasión de conversar muchas  veces con ella. También por teléfono y a Nueva York cuando yo hacía  mi posgrado en musicología, en Washington D.C. Fueron conversaciones amables, vivaces. Se mostraba siempre interesada por lo que ocurría en Argentina y por las novedades que podía darle de sus discípulos.  Le preocupaba mucho saber que  algunos cantantes valiosos tuvieran que formar parte del Coro Estable del Teatro Colón, para poder mantener a sus familias. Era algo que le dolía y, por eso repetía con frecuencia: “¿Cómo puede ser? Yo me formé aquí y canté aquí”. Agradecía siempre las enseñanzas recibidas y todo aquello que  los maestros internos del Teatro Colón le habían sabido dar.

Cuando se retiró de los escenarios operísticos, se radicó en los Estados Unidos de América. Conservó siempre su nacionalidad argentina y la Julliard School de Nueva York se honró al recibirla para sus “master classes” en interpretación operística. Fueron muchos los cantantes que escucharon allí los consejos, las correcciones, por parte de una grande del canto lírico. Volvió muchas veces a Buenos Aires para respirar su aire y vivir los recuerdos de sus años infantiles y juveniles. Cuando le fue difícil emprender largos vuelos, lo sintió mucho. Sin embargo siguió hasta su muerte los éxitos y triunfos de sus antiguos discípulos.

No olvido el concierto que tuvo lugar en la inmensa Aula Magna de la Facultad de Derecho de Buenos Aires. Allí estaban los alumnos de Delia Rigal. Al final, le entregaron una pintura  como recuerdo. Con emoción le relataron el gesto magnánimo de una reina que había dado toda su hacienda. Entonces un miembro de la Corte se animó a expresar: “Majestad no le ha quedado nada”. Ella replicó: “A mí me queda la esperanza”. Era verdad. Así también Delia atesoraba en su corazón la alegría de ver triunfar en un futuro a nuevos atletas del canto lírico. Ellos llevarían el resello, el resello de sus enseñanzas.  


Roberto Sebastián Cava

sábado, 25 de abril de 2015

Hablemos en serio sobre nuestra profesión



Quienes hemos hecho del Protocolo nuestra profesión habitual, sabemos bien que hemos elegido un camino y asumido también una propia condición. Con ella nos esforzamos por lograr “la excelencia”. Algunos dicen con fundamento, que ella es condición necesaria para que nos premie la felicidad.


Sé que la felicidad nace de la conformidad íntima entre lo que se quiere y lo que se vive. Algunos piensan que la felicidad es una ilusión, un imposible. Sin embargo el Protocolo da muchas satisfacciones cuando lo abrazamos y lo hacemos nuestro.

En nuestra profesión se dan los gestos y así saludamos, felicitamos, sonreímos, damos una bienvenida. A veces esa primera forma del lenguaje surge por generación espontánea. No me pongo trascendente si recuerdo las palabras de Heidegger al considerar además al silencio. El filósofo nos dice que nosotros somos lo únicos seres que hacemos del callar un gesto característico y afirma que “el silencio es un modo de hablar”. 

Algunas personas les agrada opinar sobre nuestras ceremonias. Para ellos deben ser lúdicas y sin interrupciones. Si en la música no hubiera silencios la armonía se rebelaría. Nosotros hablamos o hacemos hablar a otros siempre dentro de la sobriedad. Se menciona mucho a la Comunicación. Sabemos que las palabras poseen un significado y por eso procuramos que llegue a otros. Eso es comunicarse.

Tenemos también costumbres. De una manera sencilla ellas son gestos repetidos. Algunos se convierten en ritos. Las normas de cortesía son, de alguna manera gestos rituales: saludamos, nos levantarnos de un asiento, cedemos el paso.

El respeto a los símbolos no nos hace maniáticos. De alguna manera ellos materializan nuestra intimidad, lo espiritual. Entre los símbolos ocupan un sitio privilegiado las banderas de Estados soberanos e independientes. Ellas no son señales ni signos artificiales como no lo es la exhibición de la tarjeta roja que conlleva  la expulsión del campo de juego. En tanto, en el intercambio de anillos en la ceremonia de boda, la mutua entrega está allí simbolizada. Las palabras fuertes de la amonestación lo dicen todo: “Recibe este anillo que yo te entrego, en prenda de….”

En nuestras ceremonias hay mucho de simbología. Las acciones simbólicas no son cosas del pasado. Expresan realidades que están más allá de la lógica y de la utilidad. El público asistente a una ceremonia de “doctorado honoris causa” se admira ante la belleza de la simbología. El diploma, el anillo, el libro del saber, los guantes blancos, el birrete, albergan tradiciones de siglos y merecen respeto. 

A lo largo de la profesión he tenido que pergeñar muchas ceremonias, entre ellas varias de doctorados “honoris causa”. Con pena recojo un comentario poco oportuno de:¿“No le parece que se podría acortar un poco todo?”.  

 
 Secuencia de Ceremonia de entrega de Título de Doctor Honoris Causa

Vamos siempre a lo profundo y, sin embargo podemos jugar un poco como los niños. Ellos  juegan y no se inquietan por lo que ha de venir, porque desde su punto de vista han llegado.

La entrega de los premios Príncipe de Asturias, es un dechado de realización protocolar, es bueno considerar el tiempo de reflexión, las horas dedicadas y el trabajo de muchísimas personas que lo hacen posible. El Teatro Campoamor es el escenario para la fiesta y el desarrollo de la ceremonia exige la presencia del arte y del símbolo. En esa celebración festiva se elevan los sentimientos de las autoridades, los premiados e invitados hacia lo trascendente. 
 
Vista panorámica del Teatro Campoamor

 Roberto Sebastián Cava 


Señor, ¿me deja su tarjeta?

Alguien ha afirmado categóricamente que “las tarjetas no se usan más”. Sin embargo y como no poseo intereses en imprentas locales o departamentales, pienso en aquellas personas que deben enviar un regalo de casamiento o expresar unas condolencias o no tienen a mano una tarjeta para entregar a quien se la solicita. No es cuestión de moda. 

Reconozco que hoy coexisten temas del comportamiento social junto a la cultura un poco generalizada del “O.K”, el teléfono inteligente, el whatsapp y todo lo del mundo digital. No obstante no es verdad que las tarjetas no se usen más.

Tiempo atrás, un alumno de un curso de Protocolo llevó a clase una tarjeta. Pensaba que se trataba de una “tarjeta personal” entregada por una señora extranjera. Al verla, advertí su error porque, en un trozo pequeño de cartulina, aparecían escritos nombres y apellidos, domicilio, teléfono móvil y correo electrónico.

Recordé lentamente el sentido de una tarjeta personal. De inmediato, los ojos asombrados de los alumnos los llevaron a buscar en los bolsos sus propias tarjetas. Comprobaron que eran tarjetas “profesionales” o “empresariales” como la que había acercado el compañero de curso.
La tarjeta personal, también llamada de visita, mantiene su vigencia. A lo mejor, les resultó extraño conocer algunas normas sobre el “tarjeteo” y el “tarjetearse”. No son normas antidiluvianas sino manifestaciones externas de la cortesía.

En la tarjeta “personal” o “de visita” figuran únicamente los nombres y apellidos de una persona. En la vida de relación juegan un papel importante. Se visita por tarjeta a un enfermo y también un diplomático conoce las reglas y sabe acercar la suya y la de su esposa en circunstancias concretas. Cuando mencioné lo de las visitas a un enfermo por tarjeta, asomaron las caras de sorpresa. Sucede que, a veces, una persona recién intervenida quirúrgicamente no puede recibir personalmente a sus amigos. Es entonces cuando, con delicadeza, se pasa por el sitio de internación para dejar una tarjeta personal o de visita. No se olvidará de escribir al dorso el nombre del paciente, cuando se entregue la misma a una recepcionista o enfermera. En estas tarjetas está de por medio el don de gentes y la educación de las personas. Sabido es que cuando estamos enfermos precisamos del sosiego.

Con estas sencillas tarjetas personales o de visita en las cuales aparecemos con nuestros nombres y apellidos, nos presentaremos en una casa, enviaremos obsequios, agradeceremos, felicitaremos y también daremos un pésame.

Existen las tarjetas personales o de visita y también las “de matrimonio”. En esta última los nombres y apellidos del marido van en una línea y los de la esposa debajo. Están también las “de novios”. Son las de personas con un proyecto de matrimonio a corto plazo. En este caso, los nombres y apellidos de la mujer van en la primera línea y debajo de ella los del novio. ¿Cosa extraña? Extraña cuando se desconocen estos usos sociales.

Pero volvamos a la tarjeta personal o de visita. Los años han pasado y, sin embargo, se conservan algunos usos. Las tradicionales siglas en francés son a veces cambiadas por las de nuestro idioma. No obstante, el empleo no puede ser desconocido. Así tenemos, entre otras, a “p.f ” (pour feliciter) para felicitar, “p.r.” (pour remercier) para agradecer, “p.c.” (pour condoléance) para dar el pésame.

Con la tarjeta personal o de visita y con la de matrimonio, es posible llevar a la práctica pequeños gestos externos. En estas tierras se utiliza también, para los regalos de casamiento un “a.a.” (agradecen atención). Además y de acuerdo a una moda, los esposos suelen agradecer especificando el obsequio recibido.

Vemos entonces cómo las tarjetas no han perdido vigencia. Claro está que me he limitado a comentar la llamada “tarjeta personal” o “de visita”. Junto a ella, las “profesionales”, las "comerciales”, las “empresariales”, las “oficiales” brindan siempre un excelente medio de comunicación entre las personas.

Roberto Cava De Feo
para EL OBSERVADOR